
Se siguen sumando las bellas experiencias en mi nuevo curso.
Hoy les planteé un doble desafío, pero antes, les aclaré que como profesor jefe tengo la atribución de asignar donde se sentarán los alumnos… y que en un curso que tomé en el verano -con la Fundación Astoreca- aprendí que existen algunas recomendaciones importantes a considerar al tomar ese tipo de decisiones.
Por ejemplo, les dije que es ideal que ciertos alumnos que tienen más necesidades educativas estén en los pasillos centrales y adelante, más cerca del profesor y del pizarrón. En ese momento les planteé la primera pregunta difícil: ¿Quíénes de ustedes consideran que están en esa condición y que requieren de una ayuda especial? Era arriesgada la interrogante, pero fue sorprendente que tres levantaron la mano (estos días también he estado trabajando la idea de la cultura del error, de la que tal vez hable otro día).
A continuación, planteé el segundo desafío: ¿Quiénes de los alumnos que por ejemplo han tenido buenos promedios el año pasado, estarían dispuestos a sentarse al lado de estos tres alumnos, por este mes, con el fin de servir de ayuda?
¡De inmediato, 5 levantaron la mano! Los felicité y gestioné los respectivos cambios. Todos quedamos felices y yo quedé muy emocionado por la reacción de amor al prójimo (que de paso es el valor que estamos tratando en los devocionales de este mes).
Pero eso no fue todo, porque uno de los solidarios después se acercó para decirme que como este cambio será por este mes, él pensaba que en abril podría estar al lado de otro compañero, para ayudarle.
¡Dios bendiga el tierno corazón de estos niños!