Me imagino esta historia de evaluación formativa, en 3 actos.
PRIMER ACTO:
Enseñé a mis alumnos de 4° básico cómo escribir un comentario de un texto. Entre los requisitos de la pauta de evaluación figuraban incluir un título, usar mayúsculas, y redactar dos párrafos como mínimo, que contengan datos del texto y la opinión o argumentación personal.
SEGUNDO ACTO:
Un alumno entregó su tarea a través de Google Classroom, yo la revisé y en mi retroalimentación le escribí «Muy bien. Solo falta el título».
TERCER ACTO:
Al día siguiente, en nuestra clase online de lenguaje y comunicación, compartí mi pantalla y mostré algunas tareas entregadas. Grande fue mi impresión cuando al abrir el trabajo de este alumno vi que había leído mi comentario y que había devuelto su texto con el título incluído. En consecuencia, ante la presencia de todos dije: «Oh, veo que agregaste el título que faltaba, así que te calificaré con el puntaje máximo»… y eso fue lo que hice al instante.
CONCLUSIÓN:
Por definición, la evaluación formativa es evaluación no del aprendizaje (como producto) sino evaluación para el aprendezaje (del proceso). En esta situación descrita, mi alumno captó muy bien este concepto y rápidamente acogió la retroalimentación, agregó el título que fataba e hizo una nueva entrega de su tarea. Tal vez ni siquiera pensó que yo le cambiaría la calificación o tal vez sí, porque alguna vez lo he dicho, pero lo importante es que todo obró a favor del aprendizaje.
Ojalá muchos fuéramos como él y en vez de temer ante la palabra evaluación, la concibamos como un medio para aprender, para cambiar, para mejorar.
